Con cada llegada de septiembre, una sensación de inquietud palpable se instala en gran parte del país. Los trágicos recuerdos de los sismos de 1957, el devastador terremoto de 1985 y la dolorosa repetición en 2017 han tejido una especie de histeria colectiva, convenciendo a miles de que este mes tiene una predilección oscura por los movimientos telúricos. Las redes sociales se llenan de memes sobre el «bolillo para el susto» y la ansiedad aumenta conforme se acerca el día 19. Pero, ¿qué tan real es esta amenaza estacional?
Los datos sismológicos son contundentes: la tierra no sabe de calendarios. Aunque la coincidencia de fechas ha dejado una cicatriz profunda en la memoria del país, las estadísticas demuestran que los meses de enero, febrero, octubre y diciembre concentran también una altísima recurrencia de terremotos perceptibles y de gran magnitud. La percepción de que «septiembre es el mes de los sismos» responde más a un trauma psicosocial que a una realidad geológica.
Sin embargo, no todo es miedo en el saldo de estas tragedias. Los eventos históricos que han sacudido los cimientos de la capital y el sur del país fueron el doloroso catalizador que transformó a México. A partir de las ruinas del 85, nació un robusto sistema de Protección Civil, surgieron brigadas de rescate reconocidas mundialmente como «Los Topos», se implementaron simulacros anuales y se reescribieron las normas de edificación. Hoy en día, los criterios estructurales antisísmicos salvan miles de vidas, demostrando la capacidad del país para reinventarse y aprender de la adversidad.
¿Y cómo se vive esto desde nuestro estado? Aunque Aguascalientes se encuentra en una zona catalogada como de bajo riesgo sísmico, la empatía y la prevención no deben tener fronteras geográficas. La tranquilidad de nuestra tierra no nos exime de participar activamente en la cultura de la protección civil. Conocer los protocolos, mantener la calma y participar con seriedad en los simulacros —como el de evacuación de inmuebles— son acciones fundamentales.
Al final, el mayor aprendizaje que nos deja septiembre no es el miedo, sino la resiliencia y la importancia de estar siempre preparados, demostrando que la mejor herramienta contra la fuerza de la naturaleza es, y siempre será, la prevención.
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