Escuelas activas, calles seguras y pausas para moverse en el trabajo: una especialista plantea siete acciones para que la actividad física deje de ser una tarea pendiente y se incorpore a la vida diaria.
Para hacer más ejercicio no siempre hace falta inscribirse a un gimnasio ni reservar una hora completa en la agenda. A veces, la diferencia empieza con una clase escolar que realmente pone a los estudiantes en movimiento, una banqueta accesible para caminar o una pausa activa en el lugar de trabajo.
Esa es la idea detrás de siete estrategias promovidas por la Sociedad Internacional de Actividad Física y presentadas por la maestra Gabriela Camarillo: lograr que moverse sea una posibilidad cotidiana y al alcance de más personas, no una responsabilidad que dependa únicamente de la voluntad individual.
La primera propuesta pone el foco en las escuelas. No basta con que exista una clase de educación física en el horario: importa que ese tiempo permita a niñas, niños y jóvenes mantenerse activos. También se plantea que los planteles ofrezcan actividades fuera del horario escolar, de modo que se conviertan en espacios que impulsen el movimiento dentro y fuera de sus aulas.
La segunda estrategia invita a mirar de otra manera los traslados. Usar el transporte público puede implicar caminar hasta una parada, recorrer estaciones o completar parte del viaje a pie. Si, además, las ciudades ofrecen condiciones para caminar o andar en bicicleta, el desplazamiento diario puede sumar actividad física sin tener que convertirse en una sesión formal de entrenamiento.
Pero para que eso ocurra, las calles deben ser seguras y accesibles. La tercera medida propone diseñar espacios urbanos que tomen en cuenta distintas formas de movilidad, incluidas las de quienes utilizan silla de ruedas. No se trata solo de construir rutas para quienes pueden caminar con facilidad: una ciudad activa debe permitir que más personas se desplacen con seguridad y autonomía.
La cuarta propuesta traslada el tema a los servicios de salud. En una consulta, preguntar simplemente “¿hace ejercicio?” puede no ser suficiente para conocer cuánto se mueve una persona. La especialista plantea que el personal de salud tenga herramientas para evaluar mejor la actividad física y ofrecer recomendaciones apropiadas. Como ocurre con otros aspectos del cuidado, el consejo debe considerar las necesidades de cada paciente.
También los medios de comunicación pueden ayudar. La quinta estrategia busca difundir información que vuelva más familiar la idea de mantenerse activo y que muestre que el movimiento puede formar parte de distintas edades y rutinas. No es necesario ser atleta ni competir: caminar, estirarse o participar en actividades comunitarias también cuenta.
La sexta medida propone incorporar la actividad física en los espacios donde transcurre la vida diaria: comunidades, escuelas y lugares de trabajo. En vez de esperar que cada persona encuentre tiempo libre fuera de sus obligaciones, la idea es facilitar oportunidades para moverse dentro de esos entornos. Una pausa activa o una actividad compartida puede ayudar a que el ejercicio se sienta menos como una carga y más como parte de la convivencia.
La séptima estrategia amplía la oferta deportiva para que no se dirija solo a niñas, niños y jóvenes. Los programas también pueden considerar a personas adultas mayores, personas con discapacidad y mujeres embarazadas, entre otros grupos. La meta es que haya opciones para participar, ejercitarse e incluso prepararse para competir, sin que el deporte se limite a un perfil específico.
Camarillo presentará en un congreso en Mérida una propuesta para crear un observatorio universitario de actividad física y deporte. La iniciativa busca dar seguimiento a las estrategias que se implementan, a la infraestructura disponible y a los cambios que estas generan en los niveles de actividad física de la población.
El planteamiento parte de una pregunta sencilla: ¿qué tendría que cambiar para que moverse fuera más fácil? Las siete estrategias apuntan a que la respuesta no está únicamente en las decisiones personales, sino también en las escuelas, los centros de salud, el transporte, las calles y los espacios compartidos. Cuando esos lugares ofrecen oportunidades para activarse, dar el primer paso puede dejar de ser tan difícil.
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