El 12 de julio de 1978, el lanzador de los Rieleros paralizó a la afición al consumar el segundo juego perfecto de nueve entradas en la historia de la Liga Mexicana de Béisbol.
En los anales del deporte local y nacional, pocas hazañas resuenan con tanta fuerza como la tarde en que el béisbol tocó la perfección en Aguascalientes. El 12 de julio de 1978, el serpentinero Horacio Piña escribió su nombre en letras de oro al lanzar un juego perfecto, guiando a los Rieleros a un triunfo de 3-0 sobre los Diablos Rojos del México en un trepidante duelo que duró apenas 2 horas y 18 minutos.
Aquel año, la conexión entre la novena local y sus seguidores era innegable, traduciéndose en llenos constantes en el parque de pelota. Esa tarde no fue la excepción. Sin embargo, el bullicio festivo de las gradas mutó gradualmente; para la quinta entrada, el estadio entero guardaba un silencio atento, cargado de tensión y de la ilusión colectiva de estar presenciando historia pura. Como un dato curioso de aquella jornada, entre los asistentes se encontraba Héctor León Lara, un aficionado que logró el inusual hito de atestiguar en vivo los dos primeros juegos perfectos de la liga, sumando este a la joya de Ramiro Cuevas en 1954.
Los arquitectos de la hazaña y el espíritu deportivo
El éxito de aquella histórica campaña, que a la postre le daría el título a Aguascalientes, se cimentó en un staff de pitcheo formidable compuesto por Piña, Cecilio Acosta, Porfirio Salomón y un jovencísimo Ángel Moreno. Bajo el mando del mánager Javier Favela, la alineación de aquel día fue una maquinaria bien aceitada, con Clemente Rosas en la receptoría y bates de la talla de Jesús «Chico» Sommers, Raúl Colón, Gonzalo Villalobos, Clarence Jones, Willie Crawford, Kiko Rodríguez y José Luis Pérez.
Frente a ellos, los Diablos Rojos no eran un rival sencillo. Con el abridor René Chávez en la lomita y toleteros como Nelson Barrera, Pat Bourque y Sergio «Calimán» Robles, la amenaza era latente. Fue precisamente ante este escenario donde el mánager visitante, el legendario Cananea Reyes, exhibió un nivel de deportivismo intachable: en la séptima entrada, tras el intento de uno de sus pupilos por tocar la bola por sorpresa para embasarse y romper el encanto, Reyes le exigió batear con integridad, prohibiendo manchar la inmaculada labor del rival.
El encuentro fue documentado para la historia por el anotador oficial Jorge Gutiérrez de Lira, y sancionado por un cuerpo de umpires conformado por Roberto Jaime, Carlos Medina, Mario Pérez y Pablo Rangel.
Defensa inquebrantable y el ansiado out 27
A la ofensiva, los Rieleros tomaron el control en el cuarto rollo gracias a un cuadrangular solitario de «Chico» Sommers, ampliando la ventaja con dos anotaciones adicionales en la sexta entrada. No obstante, el brillo monticular de Piña —quien apenas recetó tres ponches en toda la ruta— dependió profundamente del guante oportuno de sus compañeros para preservar el cero.
Atrapadas de antología mantuvieron vivo el milagro: Gonzalo Villalobos se lució en el cuarto episodio, Kiko Rodríguez hizo lo propio en el quinto, y José Luis Pérez se lanzó temerariamente en la séptima para robarle un imparable a una línea peligrosa.
El clímax llegó en la agonía de la novena entrada. Piña demostró sus propios reflejos al atrapar una violenta línea de «Calimán» Robles para firmar el out 26. Instantes después, la hazaña culminó con un ponche definitivo a Antonio Villaescusa. El diamante estalló en una ovación ensordecedora y, en una muestra definitiva de camaradería deportiva, las felicitaciones fluyeron desde ambas casetas, sellando para siempre una de las páginas más gloriosas del béisbol mexicano.
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