El proceso del duelo, a menudo rodeado de estigmas y expectativas sociales sobre su duración, es una experiencia natural e intrínseca a la necesidad humana de vinculación. Expertos coinciden en que no existe una temporalidad definida para sanar una pérdida, y desmitifican la idea común de que un proceso que se extiende más allá de un año sea necesariamente patológico.
El psicólogo Martín Alejandro Rodríguez Calvillo, especialista en duelo, pérdidas y trauma, y máster en terapia familiar y de pareja, explica que el duelo surge ante cualquier pérdida significativa —ya sea de una persona, un objeto o una situación—, desencadenando una respuesta integral que impacta todas las esferas del ser humano: la física, emocional, mental y conductual.
Un fenómeno multidimensional
Las manifestaciones del duelo son variadas. Físicamente, puede presentarse a través de opresión en el pecho, nudo en la garganta, tensiones musculares y alteraciones en los hábitos de sueño o alimentación. En el plano emocional, la persona atraviesa por un abanico de sentimientos que van desde la tristeza y la culpa hasta la frustración, la impotencia y la ansiedad.
A nivel mental, los pensamientos rumiantes se vuelven recurrentes, mientras que, en el ámbito conductual, las respuestas oscilan entre el aislamiento profundo o la búsqueda de evasión, a menudo a través de una carga excesiva de trabajo para evitar el contacto con el dolor.
La crisis de identidad
Uno de los puntos más reveladores sobre el duelo es su impacto directo en la identidad. Al perder a alguien, se desmorona una parte de la construcción personal de quien se es. “La identidad se construye y se confirma a través de los vínculos; su ausencia genera una sensación de caos y desubicación”, señala el especialista.
Este impacto no se limita a la muerte física; cambios de vida drásticos, como la maternidad, pueden detonar duelos por la pérdida de una identidad previa, donde la persona experimenta una dualidad entre la alegría por la nueva etapa y la nostalgia por el “yo” anterior.
Resignificación y afrontamiento
Ante la crisis existencial que conlleva una pérdida, el ser humano busca mecanismos para sobrevivir. La espiritualidad, la religión y, fundamentalmente, el apoyo comunitario a través de grupos, son herramientas cruciales. La clave, según los expertos, no radica en «soltar o dejar ir», sino en la resignificación de la experiencia: aprender a mantener vivos y vigentes a los seres queridos mediante el honor y la evocación, reconstruyendo la relación en los niveles emocional, mental y espiritual.
El reto del duelo ambiguo
Finalmente, se identifica el «duelo ambiguo» como una de las formas más complejas de afrontamiento. Este ocurre cuando no existe un ritual de cierre, un cuerpo o una certeza, como en el caso de las familias de personas desaparecidas.
La ambigüedad, marcada por la esperanza de un posible regreso, genera un conflicto interno en quien busca cerrar el ciclo. En estos casos, la gestión de la incertidumbre se vuelve la prioridad. El objetivo terapéutico es permitir que la persona reconstruya su propia vida sin necesidad de negar la existencia del ser querido ni caer en un estado de caos permanente, logrando convivir con la duda sin que esta paralice su existencia.
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