¿Cómo es posible que recuerde lo que me pasó hace 20 años y no me acuerde de lo que me pasó esta mañana? Tú, hace 20 años, tenías un cerebro maravilloso, unas neuronas maravillosas, que funcionaban extraordinariamente bien y que guardaban la información extraordinariamente bien. Tu cerebro de hoy ya no funciona tan bien, tus neuronas están debilitadas, no producen las sustancias químicas que las hacen funcionar con la misma intensidad, en el momento adecuado, con la misma fuerza… Pero hay una cosa muy importante siempre para eludir ese problema. Recordamos mucho mejor todo aquello que nos emociona que lo que no nos emociona.
¿Verdad que todo el mundo se acuerda de eso? El primer beso, el primer hijo, el primer lo que todos estáis pensando, etcétera, etcétera. Esas cosas que nos emocionaron se acuerda uno muchas veces, pero ya del segundo, el tercero, ya se acuerda uno mucho menos. ¿Por qué? Porque nos emocionó mucho menos.
Y, ojo, sea emoción positiva o negativa. Un colega mío me escribió en una ocasión, solo se aprende lo que se ama. No, señor.
A veces se aprende mucho mejor y más rápidamente lo que no se ama. Si tú has vivido un peligro, es muy importante que retengas en tu mente ese peligro para no volver a tropezar en la misma piedra. Y si has hecho algo positivo, que te vino muy bien, es muy importante que recuerdes muy bien cómo lo hiciste y por qué lo hiciste para volverlo a repetir, porque te conviene.
Entonces, fijaros que la emoción funciona siempre como una especie de pegamento para la memoria. Por eso no podemos prescindir de las emociones. Sin emociones, el cerebro pierde fuerza para decidir, para recordar, para sentirse animado a actuar.
Las emociones son importantísimas en nuestros procesos mentales. Hay quien ha dicho que si solamente fuéramos seres racionales, nos irían mejor las cosas, pero no es verdad. No es verdad porque las emociones nos están ayudando continuamente a decidir.
Cuando nuestra razón nos habla de varias posibilidades, la emoción es quien nos dice cómo nos sentiríamos si decidimos una cosa o decidimos otra. Y, por tanto, esos dos procesos, emoción y razón, tienen que funcionar acopladamente. En la historia, ha habido casos en que emoción y razón han quedado desconectados.
Hubo un caso histórico en Estados Unidos de un trabajador, Phineas Gage, que tuvo un accidente laboral que hizo que le entrara una barra de hierro por su cabeza y le desconectó las partes del cerebro que comunican nuestros sentimientos con nuestros razonamientos. Podríamos pensar que esa persona hubiera sido, después de ese accidente, una persona muy racional, una persona que tomara decisiones correctas. Pues no, se convirtió en una especie de animal, en una persona que se equivocaba continuamente.
La razón no funciona bien si no hay emociones que le digan por dónde conducirnos. ¿Cuáles de todas las posibilidades racionales son las que tienen mejores consecuencias? Y, por tanto, emoción y razón son dos procesos que no podemos separar en el cerebro humano. La evolución ha querido que todo aquello que nos emociona se quede ahí, se guarde, se almacene, se recuerde.
¿Por qué? Porque si algo nos ha emocionado, es porque era importante para nosotros, para nuestra vida. Si no nos emocionó, es porque no era importante. Y, por tanto, el mecanismo evolutivo que tenemos hace que solamente guardemos, que tengamos una gran tendencia a guardar, a almacenar en nuestras neuronas, en nuestro cerebro, aquellas cosas que nos han emocionado, positiva o negativamente, porque esas son las cosas que son o han sido importantes y pueden seguir siéndolo en nuestras vidas.
