Mi debilidad es el hombre que veo cada mañana en el espejo. Yo mismo. Porque, durante mucho tiempo, mantener el récord de ser el campeón de Wimbledon con 17 años fue un problema.
Cuando la gente me veía por primera vez, me asociaban con ese chico, que para entonces era supuestamente perfecto. Pero yo no soy perfecto. Así que me costó mucho superar eso.
Durante unas dos semanas, en el verano de 1985, fui perfecto. Pero las otras 50 semanas del año no lo fui. Y claro, ese nivel de expectativa es imposible de cumplir.
Así que, hiciera lo que hiciera, ya fuera jugar otro torneo u opinar sobre… Vete tú a saber que economía, política, equipos de fútbol y otros temas, todo se juzgaba en base a ser el campeón más joven de Wimbledon. Así que tenía que ser perfecto. Y no se me permitía equivocarme.
No se me permitía titubear. No se me permitía mirar hacia el lado equivocado. Estamos hablando de percepción, del increíble poder que tienen los medios de comunicación.
Vosotros no me conocéis. Habéis empezado a hacerlo ahora y vuestras preguntas son geniales, pero solo tenéis una opinión hecha a través de las publicaciones en los medios de comunicación. Y es imposible que haya conocido a todos estos periodistas a lo largo de mi trayectoria.
Sin embargo, escriben sobre mí con total convencimiento, como si fueran mis hermanos, o hermanas. Eso supone presión. Cuando he llegado al aeropuerto de Madrid esta mañana, la gente reconocía al joven de 17 años.
No reconocen al hombre de 58 años. El ideal que se han hecho en la cabeza se les cae porque ya no puedo caminar tan bien debido a mis lesiones, y dicen, no caminas bien, has engordado unos kilos, tienes el pelo gris. Y yo respondo, sí.
Pero no eres quien yo pensaba que eras. Ya, ¿ese es un problema? Porque a mí no me supone ningún problema. Y eso era realmente una debilidad que yo tenía.
Os voy a explicar cómo la superé. Todo empezó con el Match Point en julio de 1985. Y ese hombre en el espejo murió el 29 de abril de 2022, cuando fui encarcelado, porque el cuento de hadas terminó.
Cuando te han llamado niño prodigio en tu adolescencia, es muy difícil no creértelo. Piensas que eres bueno en todo lo demás que haces, y por supuesto no lo eres. He tenido malos consejeros, malos amigos, malos conocidos, pero fue mi decisión dejarlos entrar en mi vida.
Y tengo que dejar claro que fue responsabilidad mía, no fue culpa suya. Durante esos 231 días en la cárcel, perdiéndolo todo, perdiendo la libertad, el dinero, los amigos, sin ver a mis hijos, lo único que te queda es tu personalidad y tu carácter. Así que hice un profundo examen de conciencia para volver a encontrar a ese hombre.
Y mirándolo con retrospectiva, quizá necesitaba esos 231 días para encontrarme a mí mismo. Porque cuando me he mirado al espejo esta mañana, no he tenido ningún problema con este hombre. Antes tenía un problema con él porque no estaba viviendo mi vida, estaba viviendo vuestra vida, y de la manera en que queríais que la viviera.
Actualmente estoy mejor, pero tuve que pagar un precio muy alto por ello. Y, en cierto modo, me alegro de haberlo hecho. Ahora bien, hay una línea muy fina entre los diferentes errores.
Vivimos en una sociedad donde debemos cumplir la ley y el orden, y creo que eso es importante porque, como personas, es natural que cometamos errores. Solo cabe esperar que no sea un error grave, que no sea irreversible, o que no sea algo con lo que hagas mucho daño a otras personas. Una vez más, yo no soy juez.
No puedo juzgar las acciones de otras personas. Solo puedo juzgar las mías. He tenido días buenos y días malos, pero el nivel de mis días malos nunca ha sido más bajo que el de mis días buenos.
De lo contrario, no estaría aquí sentado con vosotros. Pero cometer errores es normal. Sé sincero contigo mismo, asume tus responsabilidades, reconoce tus errores y hazlo mejor la próxima vez.
Todos cometemos errores.
