«Más que reinventarte, es reconstruirte, porque estás despedazado», dijo Enrique Bañuelos Rayas en Voces de mi Lugar con Marcela Gutiérrez. Docente, asesor político y promotor de proyectos vinculados a destilados, habló de resiliencia tras la muerte de su hijo: «se trunca la vida literal y luego hay que seguir trabajando».
Nacido en Guanajuato capital —»soy momia»—, creció entre mudanzas por el trabajo de su padre, profesor. Cursó la primaria en cinco estados: Guanajuato, Sonora, San Luis Potosí, Jalisco y Chihuahua, con estancias de meses o un año. «Te molestas porque apenas haces amigos y ‘chispale’, te vas», recordó. Esa itinerancia, dijo, lo volvió sensible a la idiosincrasia local y a la vida rural.
De familia con raíces en Zacatecas, Coahuila y Chihuahua —bisabuelo y tatarabuelo militares y mineros de la Revolución—, su madre, guanajuatense, prefirió quedarse en México. «Mi abuelo sí migró a EE.UU. en la época de la Segunda Guerra, pero volvió. Uno siempre vuelve a donde amó la vida».
Él también viajó al norte, pero no se quedó. «Fui a visitar, ayudé a unos tíos, pero no era lo mío: estar encerrado, ser un número, trabajar todo el día sin disfrutar familia ni amigos. Dije: gracias. Mi sueño no es americano, es mexicano».
Sobre el apellido, explicó por qué firma como Rayas: «mi padre fue el profesor Bañuelos, personaje político. Desde secundaria decidí ser yo, no ‘el hijo de’. No es un lastre, pero es remar contracorriente».
Tras el bachillerato, tomó años sabáticos y se volcó al campo: «me encantaba salir al monte, a la sierra, escudriñar haciendas viejas, ir de cacería». Esa querencia, contó, lo acercó después al mundo de los destilados y a la docencia.
Hoy, a los 55 años, resume su filosofía: «compartir lo vivido —logros y topes— es lo más motivante. La vida continúa y hay que rescatar lo que quedó pendiente».
