La experiencia de crecer entre distintas culturas no solo transforma la identidad personal, sino también la manera de mirar el mundo. Así lo expresó el cineasta español Oliver Laxe, quien reflexionó sobre el desarraigo, la migración y la importancia de la hospitalidad como elementos fundamentales para comprender la realidad contemporánea.
Hijo de migrantes gallegos y nacido en París, el director explicó que desde pequeño vivió la sensación de pertenecer “a ningún lado”. En Francia era identificado como español y, al regresar a España, era visto como “franchute”, situación que marcó profundamente su visión artística y humana.
Para Laxe, esa condición de “extranjero permanente” representa también la posición natural del artista y del viajero: alguien que aprende a observar el mundo desde la incomodidad y la adaptación constante. “El viajero no tiene casa”, señaló, al explicar que quien realmente viaja debe desprenderse de sus propias certezas para poder empatizar con otras culturas.
El cineasta destacó que las culturas más enriquecedoras son aquellas que permanecen abiertas al intercambio y a la mezcla, rechazando la idea de sociedades completamente cerradas o “puras”. Afirmó que las identidades culturales nacen precisamente de los cruces, las influencias y las transformaciones compartidas entre pueblos.
Asimismo, advirtió que cuando una sociedad se encierra por miedo al exterior, las ideas dejan de circular y la cultura termina debilitándose. En contraste, consideró que los territorios históricamente marcados por encuentros culturales, como la Península Ibérica, poseen una riqueza especial derivada de esa diversidad.
Laxe también reflexionó sobre la pérdida de hospitalidad en las sociedades modernas, donde el ritmo acelerado y la fragmentación del tiempo dificultan la convivencia humana. Citó el concepto de “disponibilidad” como una virtud esencial: la capacidad de abrir espacio al otro, escuchar y acoger.
“Las sociedades más grandes son aquellas que saben recibir”, expresó el director, quien lamentó que muchas veces el individualismo y la productividad impidan la conexión humana cotidiana.
Finalmente, el cineasta aseguró que, en un contexto mundial marcado por los movimientos migratorios y las diferencias culturales, existe una responsabilidad colectiva de aprender a reconocerse mutuamente. “Es como si nos hubieran hecho de pueblos distintos para entreconocernos”, concluyó.
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