Ya está aquí la Baraja Sanmarqueña, dedicada de manera exclusiva a una de sus cartas más afamadas y queridas: el Ferial de Aguascalientes, que en este abril cumple 60 años de haber iniciado su recorrido. Así que corre y se va, y ya va corriendo…
Me escribió el teniente coronel Víctor Gabriel Morfín Aguilar para comentarme que el maestro Ladislao, el Chato Juárez Ponce, era tío de su esposa, razón por la cual llegó a visitarlo en su casa, en la calle Primo verdad casi esquina con Zaragoza, y en el transcurso de las visitas tocaba el piano mientras su hijo Rafael, «el Güero» Juárez, su hijo, cantaba con una voz parecida a la del «Charro Avitia.”
Sí… Yo también disfruté en varias ocasiones de la hospitalidad festiva del maestro Juárez; siempre dispuesto, junto con mi esposa, pero para entonces, principios de este siglo, El chato vivía en una casa de la calle González Saracho, entre Zaragoza y Cosío.
La verdad es que con el maestro Juárez ocurría lo que con el “Tío Alberto”, personaje de aquella preciosa canción de Joan Manuel Serrat: “Da todo lo que puede dar./Su casa está de par en par./Quien quiere entrar tiene un plato en la mesa”. Su espíritu; su bonhomía, su horizontalidad, irradiaban de manera natural sobre mucha gente, de tal manera que ejercía como centro de atención, pero sin afectaciones, sin esa actitud mezquina en más de alguno que obliga a los demás a atenderlo…
Retomo ahora el tema que he venido desarrollando en las últimas semanas.
En el momento de ser nombrado director del Instituto Aguascalentense de Bellas Artes, Víctor Manuel Sandoval de León, nacido en 1929, contaba ya con una sólida trayectoria artística en Aguascalientes, fundamentalmente en el ámbito de las letras, que lo hacía apropiado para el cargo, tal y como quedó de manifiesto en poco tiempo. El poeta y narrador Luis Mario Schneider escribió que Sandoval “cayó al incendio de la palabra a los 30 años. “El viento de Norte” (1959) inaugura una voz sin titubeos, atrevida. Osadía vanguardista con imágenes y metáforas equilibradas en una sed, en una armonía pertinaz de búsquedas. Es un docenario de poemas que recuerdan la sintaxis y las formas de aquel movimiento estridentista que provocó una ruptura en la literatura nacional. De paso, Víctor Sandoval compartió tertulias y amistad con Salvador Gallardo Dávalos, uno de los exponentes máximos del estridentismo. También “El Viento Norte” descubre esa tónica terca del futuro canto de Víctor Sandoval: fecundar en la tierra; su vinculación con la poesía cívica y la circunstancialidad amorosa llena de respiros, de esencia erótica.
Un año más tarde, Hombre de soledad (1960). Cinco sonetos donde el poeta, irritante y amatorio, se identifica con el ambiente campesino. Con ausencia de Dios, la llanura inmensa abraza y abrasa al hombre, lo envuelve en una tierna matriz para más tarde arrojarlo, libre y despechado, al mundo colectivo. Hálitos de espiga germinada, grano que se hará pan; penca nopalera y viento de horizontes, conductor de esfuerzos y experiencias.”
Precisamente el año en que Schneider ubica la aparición de “El viento de Norte”, 1959, Sandoval había ganado la flor natural de los XXI Juegos Florales de la Feria de San Marcos de Aguascalientes con el poema “Hombre de soledad”. Además habría que señalar una efímera y discreta carrera teatral. Precisamente, hacia mediados de los años cincuenta Sandoval participó en el grupo de teatro de Antonio Leal y Romero, y en el que participaban también estudiantes de la Escuela Normal del Estado. De esos días Sandoval rememora: “Me acuerdo que don Antonio Leal presentaba una obra de teatro con la Normal del Estado, y su grupo, porque en la Normal del Estado sólo había mujeres, y entonces él llevaba a los muchachos del IABA para participar como parte del reparto. Ahí conocí a mi mujer.”
Finalmente, también como parte de su trayectoria artística previa hay que tener en cuenta el hecho de que hacia 1958 fungía como “coordinador artístico del Instituto Aguascalentense de Bellas Artes”. A la par de estas actividades, también hay que recordar su participación en los dos principales grupos culturales que existieron en Aguascalientes en esos años, primero la Asociación Cultural Aguascalentense (ACA), a principios de los años cincuenta del siglo anterior, y luego el Grupo Paralelo, a fines de esta década y principios de la siguiente, liderados ambos por el poeta estridentista de origen potosino Salvador Gallardo Dávalos, así como su paso por el Conservatorio Franz Liszt, una de las primeras instituciones que tenían por objetivo la promoción de las artes.
Finalmente, a esto habría que sumar su trayectoria en el ya señalado INJUVE, una institución que tuvo un gran protagonismo a fines de los años cincuenta y principios de los sesenta del siglo XX, y que en el caso de Aguascalientes fue objeto de una serie de debates en torno a su orientación política y su papel en el adoctrinamiento juvenil.
Carlos Reyes Sahagún
Cronista del municipio de Aguascalientes
